Diario – Ayacucho y Quinoa, Perú

Creo que la felicidad va mutando, conforme nuestra vida también se transforma. Lo que hoy me hace feliz, quizás hace un año no me llenaba o en un año más ni siquiera me produce cosquillas. Hoy mi felicidad consistió en estar sentada descalza tomando mates, admirando el bellísimo paisaje de las Pampas de Quinua. Sentir el sol de a ratos quemándome el pelo y luego el vientito fresco que me ponía la piel de gallina. Escuchar las risotadas de los chicos jugando en ese patio taaaaan grande, que seguramente les parecía no tener fin. Ver ese verde tan familiar y a su vez tan lejano a lo conocido. Sentir el aroma de los eucaliptus, el pasto pinchándome los pies. Sentir la tierra con los dedos. Gracias Pachamama por este instante de mejillas sobresalientes. La sonrisa hoy no me entra en la cara.

Hoy mi felicidad fue compartir sola unos mates con una señora curiosa que no se animó a probarlos pero sí a preguntar sobre las cosas que hacen tan diferentes nuestras vidas. Mi felicidad fue confirmar con esa misma señora, que “mariposa” se dice “pillpintu” (pilpinto) en quechua. Fue compartir una charla amena con una familia que también paseaba, mientras viajábamos en la traffic rumbo al paraíso, al son de una música que en casa jamás hubiese escuchado, pero que acá decoraba tan bien el momento.

Hoy mi felicidad consistió en comer unas pucas picantes con mote y arroz (un plato más que generoso, con energías como para tres días de ayuno), mientras escuchaba a unas señoras conversar y reírse en quechua (aunque la risa es la misma en todos los idiomas… Ahora que lo pienso ¡La música no es el único lenguaje universal!). Quizás esas señoras se reían (considerándome el centro del universo) de mis pantalones colorinches o de mis zapatillas de turista que pretende parecer local pero que lejos de eso, se distingue cada vez más. En ese caso, ¡qué gusto haber sido motivo de su ratito de felicidad!

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Hoy mi felicidad consistió en escuchar a dos chicos de 10 años, contar la historia de ese obelisco que fui a ver, con tono bien exagerado de guías experimentados, que de a ratitos se acordaban que eran niños y se perdían en la burla, los empujones y un juego que recreaba la guerra de la que hablaban y que por suerte no vivieron en carne propia. Estoy segura que tienen sus propias guerras, muy diferentes a ésta.

Hoy mi felicidad fue volver al hotel y compartir ahora sí unos mates con dos valientes locales, que a pesar de sentirlos calientes y amargos, se las aguantaron hasta que no hubo más agua en el termo, por el sólo hecho de seguir intercambiando historias.

Y es que somos eso… historias. Somos vivencias, experiencias, tristezas, enojos, felicidad. Hoy mi felicidad consistió, más allá del paisaje, en compartir y nutrirme de historias. De historias de las que a partir de hoy, también soy parte y a su vez comenzaron a ser parte de mi.

Ayacucho me transmitió la importancia que tiene la historia, cómo nos hace quiénes somos y condiciona quiénes vamos a ser. Es imposible cambiar nuestro pasado pero sí tenemos la posibilidad de moldear nuestro futuro. Nuestra futura historia. Y nuestra futura historia es hoy.

¡Adios Ayacucho! Gracias por este pedacito de felicidad y por el sacudón, bien merecido, de realidad. Me hacía falta para dejar al menos por un ratito, mi frasco de mayonesa. Me voy feliz de haber venido y de que a partir de este preciso momento, seas parte de mi historia.

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Ayacucho y Quinoa, Perú – 22.01.16

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