Reflexiones – Cuento Corto – El Viejo

La Intro

Inaugurando la sección “No todo es color de Rosa” (porque quedaba más fino que “No vivimos en una nube de pedos”), a continuación compartimos un cuento corto (muy corto) sobre uno de los aspectos del viaje que no se nos pasa por alto, aún cuando está justo al lado de las florcitas y mariposas que tanto nos gusta mostrar.

Porque la intención de este blog es compartir un poquito de lo que nos está tocando vivir en estos viajes que comenzaron hace menos de un año y que ya nos cargaron de experiencias inolvidables.

Estas experiencias se ven condicionadas por completo por nuestra forma de ser e interpretar lo que pasa a nuestro alrededor. Compartimos lo que nos interesa y consideramos que también puede llegar a interesarles a ustedes y lo hacemos a nuestra manera, en la forma en la que vemos nosotros esto que vivimos.

Pero aunque intentemos mostrar sólo lo lindo de la experiencia para no asustar a ningún futuro viajero e intentar “inspirar” al que esté buscando su camino, consideramos que también está bueno no dejar de lado el lado fulero de la experiencia. Porque no viajamos en un frasco de mayonesa y lo que nos afecta y conmueve en Argentina también lo hace en Ecuador, Colombia, Perú, Australia o China.

Aunque las costumbres sean diferentes, aunque el nivel económico sea diferente, aunque el idioma sea diferente, hay condiciones que son exclusivas del ser humano y hay patrones que se repiten alrededor de todo el mundo.

El día que encontremos el lugar perfecto, aún entendiendo que la perfección es completamente relativa, tendremos que mirar más allá de nuestras narices porque seguramente algo se nos estará pasando por alto.

Aquí el cuentito…

El Cuento

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El viejo tomó la lata y la sacudió por tercera vez para oír nuevamente el sonido de las monedas, esperando escuchar más que la segunda y aún más que la primera vez que lo hizo ese día. Era experto en adivinar cuántas y de qué valor había dentro. Las de cincuenta centavos eran más pesadas que las de un dólar y sus lados, que las diferenciaban del resto, le daban un sonido particular y las hacían caer de golpe, casi sin giros. Las de dos dólares se oían como cascabeles de Navidad al rebotar contra el metal, por ser las más chicas y livianas. ¡Y qué incoherencia! Aún así, las más deseadas.

Sacudió la lata y escuchó la misma cantidad que la segunda y la misma cantidad que la primera vez que lo hizo ese día. Que correspondía a la vez a la misma cantidad que él mismo había puesto dentro, esperando atrajera más. Había exactamente dos monedas de cincuenta centavos, dos de un dólar y dos de dos. Siempre ponía la misma cantidad. Decía que era su número de la suerte. Nunca le había funcionado para nada, pero eso justamente le daba más probabilidades en un futuro cada vez más cercano.

No era la primera vez que pasaba, por lo que ya no gastaba energías en preocuparse. Quizás alguien le regalara los restos de un sandwich a medio masticar, o algún religioso le palmeara la espalda sugiriéndole algún pasaje de la Biblia que quizás nada tuviera que ver con él. Pero las piernas pasaban delante suyo, algunos hasta pateaban su lata, y ninguno se detenía siquiera a preguntar dónde iba a pasar aquella noche helada.

El viejo parecía invisible. La gente había naturalizado su situación y ya era parte de la infraestructura de la sociedad. Algo molesto, sucio, roñoso, que no tenía sentido de ser, pero que estaba ahí. Como para recordar que siempre se puede estar peor. Estaba en el inconsciente de todos, pero nadie le daba más lugar que ese. Llamaban más la atención esos carteles luminosos de locales de comida, celulares, o tiendas de ropa. No había nadie dispuesto a agachar la cabeza para prestarle atención.

En la esquina opuesta, una señora salía de un Louis Vuitton luciendo su nuevo sombrero, que volvió a guardar en su envoltorio al asomar la nariz cada vez más respingada y descubrir que afuera llovía. El viejo quiso obviarlo, pero le resultó imposible no compararse con ese sombrero. Lo cuidaban más que a él. Eso quería decir que valía más que él.

Dejó de pensar, volvió a sacudir la lata pero ésta vez no prestó atención al resonar ni calculó cuántas monedas había dentro. Sintió frío y sólo pensó en su compañero, que dormía a su lado tiritando. Lo cubrió con la única manta que tenía y se le cruzó nuevamente la imagen del sombrero. Sólo la imagen. El frío le impedía pensar. Le palmeó el lomo y sus dedos comenzaron a arder. Un hormigueo recorrió todo su cuerpo como recordándole de qué estaba hecho.

Las piernas seguían pasando. Los tacos resonaban. Las gotas resbalaban sobre el cuero lustroso.

Envidió al sombrero y miró a su amigo intentando retener su imagen, ahora más calma, deseando que fuera esa y no la otra, la última que retuvieran sus retinas. El reloj marcó las 7:00 de la noche.

Alguien puso en su lata los restos de un sandwich a medio masticar. Un religioso palmeó su espalda recitando un pasaje bíblico que nada tenía que ver con él. La señora del sombrero Louis Vuitton pasó frente al viejo, avanzó unos pasos, arrugó su nariz en un “poor man” y retrocedió para, sin agachar la cabeza, depositar sobre el sandwich la moneda más pesada que encontró en su monedero. Cincuenta centavos que el viejo jamás escuchó rebotar.

Cincuenta centavos era todo lo que para esa mujer valía el viejo. Y por esa ganga, ella regresó a su casa con un aire de ciudadana ilustre, frotándose las manos cubiertas por sus guantes también nuevos, de terciopelo, protestando por el frío y prometiéndose a sí misma no volver a salir esa noche.

Su compañero permaneció a su lado todo el tiempo que le llevó a la gente darse cuenta que el viejo ya no sacudía más su lata. ¡Si hubiera escuchado la cantidad de monedas que se juntaron para ese entonces! Y las piernas siguieron cruzando, los tacos siguieron resonando, las gotas siguieron resbalando en el cuero lustroso. Y la señora del sombrero nuevo no demoró en encontrar otro sombrero y otro viejo al que comprarle por cincuenta centavos, una semana de paz interior que la hiciera sentir una verdadera cristiana, de pies a cabeza.

Gente invisible hay por todos lados, independientemente del nivel de desarrollo del lugar del que provengan. Es gente que no vale. O vale menos que un sombrero. Es gente que no siente. Es gente que no es gente.

Melbourne,  VIC, Australia – 26.05.16

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