Diario – ¡Llegamos!

Llegamos a Melbourne, Australia, el martes 17 de mayo a las 8 y pico de la mañana, después de 17 horas de viaje y una escala en Aukland, Nueva Zelanda. Llegamos cansados, pero no tanto por el viaje, sino por la ansiedad que cargábamos encima, producto de tanta cosa nueva.

Bajamos del avión y seguimos al malón de gente que se dirigía a Aduana y controles. El corazón no bajaba las pulsaciones y las probabilidades de que nos negaran la entrada nos parecían tantas que íbamos preparados para casi cualquier situación posible. Habíamos escuchado demasiadas historias sobre gente a la que habían rebotado en el mismo aeropuerto. Ensayamos respuestas para casi todas las preguntas que se nos ocurrieron, aún teniendo todos los papeles al día y con el  trámite de entrada al país como corresponde. Cuidamos tanto nuestro comportamiento que fuimos los únicos de la fila en obedecer el cartel de prohibición de uso de celular. Nadie más le hizo caso.

Por suerte para nosotros, y sólo para nosotros, no estábamos en la mira de nadie y el trámite resultó ser sólo la presentación y sellado del pasaporte. Nada más. Y es que estábamos rodeados de inmigrantes asiáticos para los que el papelerío resultaba un poco más complejo. Por las características del ingreso al país y por la comunicación en sí. Algunos se notaba que no entendían un carajo. Otros, se hacían bien los pavotes. Ese lenguaje es universal.

Pasamos el control de equipaje de mano, pasamos el control de aduana y fuimos a buscar las valijas. Era la última preocupación que nos tocaba resolver: que llegara todo entero y en orden. Bueno, “entero y en orden” es un decir, porque nuestro equipaje jamás salió de Argentina en esas condiciones. Y esto merece un paréntesis porque vale la pena contarlo.

Antes de terminar nuestro primer viaje por Ecuador y Colombia, decidimos cambiar las mochilas por dos valijas pequeñas, que nos darían la posibilidad de tomar vuelos económicos cuya única condición es viajar con poco equipaje. Por otro lado, nos parecían más cómodas para trasladar teniendo en cuenta que el próximo viaje sería totalmente diferente y nuestros hombros y espaldas tuvieron un papel determinante en la decisión. Lo que no tuvimos en cuenta es que al achicar el espacio también había que achicar el contenido. Y así fue que mi valija cerró a la fuerza luego de subirme, literalmente, encima. Y por falta de espacio, tuvimos que agregar un bolso chico en el que llevamos las cosas compartidas que no entraban en las valijas, incluyendo la yerba mate (indispensable).

Al llegar al aeropuerto, luego de varias horas de espera para hacer el check-in (que no pudimos hacer por internet por haber comprado los pasajes a través de Despegar), nos informan que la cantidad de bultos a despachar no podía ser más de uno por persona. Nosotros teníamos nuestras valijas y el bolsito chico que agregamos al final y que no podíamos llevar en mano porque tenía líquidos y cortantes. Si optábamos por despacharlo, la multa consistía en nada más y nada menos que USD 150. Si si. Cortito el asunto.

A los nervios del viaje se le sumó este contratiempo que por un instante nos nubló el uso de la razón. Las opciones eran pocas: 1) dejar el bolso y comprar nuevamente todo lo que llevábamos ya estando en Australia (que implicaba gastar más de lo que suponía la multa), 2) pagar la multa y que se nos vaya todo ese dinero que tanto nos hacía falta en algo que no tenía sentido, como lo era despachar un bolsito y 3) abrir las valijas que ya estaban a punto de explotar,   e intentar meter todo lo que teníamos en ese tercer equipaje.

Cuando ya nos habíamos resignado a desarmar las valijas en medio del aeropuerto, mi mamá tuvo una brillante idea: unir el bolsito a la valija menos explosiva y despachar todo como un solo bulto. No lo pensamos demasiado. En dos segundos repartimos las tareas: yo me fui a buscar cartón a una librería, Luis se quedó cuidando el resto del equipaje y Ema y mi mamá ataron el bolso a la valija con la soga que teníamos de casualidad a mano. Cubrimos todo con el cartón para darle forma, lo llenamos de cinta de embalar y lo llevamos a cubrir con el nylon de seguridad que ofrecen en el aeropuerto y que tantas veces dije: “¡qué pavada! ¿quién pagaría $250 por esto?”.

Después de 20 minutos de corridas y ardua labor, el monstruo había sido creado. 5Kg de equipaje y 18kg de cartón, cinta y nylon.

Volvimos al mostrador y en medio de un intercambio de miradas desconfiadas   por un lado y nerviosas por el otro, hicimos el check-in y las valijas finalmente fueron despachadas. El alivio que sentimos en ese momento fue indescriptible. Ninguno lo compartió, pero estoy segura que ambos nos preguntamos: “¿Será esto una señal?”

Volviendo a donde quedamos. No llegó todo “entero y en orden”, pero sí “sano y salvo”. No demoramos ni cinco minutos en ver la valija roja a punto de explotar y el monstruo verde de nylon siguiéndole los pasos. Buscamos un carrito, subimos todo y nos dirigimos a la puerta de salida. Salida del aeropuerto y entrada a este nuevo mundo que nos esperaba del otro lado. Ahí estaba Melbourne. Ahí estaba Australia. Del otro lado de esa puerta. O mejor dicho, ya debajo de nuestros pies.

Nos sacamos una foto al lado de un cartel de propaganda de un café. No importó. Decía “Melbourne” y era todo lo que buscábamos. Hicimos el primer cambio de moneda ahí mismo, dentro del aeropuerto y aunque sabíamos que el cambio seguramente no nos favorecía, le dimos muy poca importancia porque quedamos asombrados por lo maravillosos que se veían esos billetes de colores con transparencias y esas monedas gigantes con personajes que desconocíamos por completo.

Averiguamos cómo llegar a la estación de tren para tomar el que nos llevaría a la casa donde habíamos alquilado la habitación, nos conectamos a internet para mensajear a nuestras familias, tomamos aire, respiramos profundo y nos abrazamos. “¡Ya estamos!”, dijimos sin poder caer en la cuenta de lo que realmente estaba sucediendo. Nuestras cabezas seguían en las nubes.

Tomamos el cole desde el aeropuerto, cerca de la estación comimos nuestro primer almuerzo (que resultó carísimo pero reconfortante), luego tomamos el Tram desde el centro, llegamos al barrio, caminamos unas cuadras y por fin encontramos la casa. Mientras bajábamos esas calles caminando pensábamos en cómo nos iba a costar subirlas el día que tocara mudarnos.

Tuvimos que esperar un rato afuera porque con los nervios del viaje se nos pasó por alto avisar a los dueños de casa nuestro horario de arribo. Apenas llegaron los hijos de los dueños, abrieron la puerta (estaba sin cerrojo, cosa que nos llamó poderosamente la atención, además del hecho de que los niños estando solos, estaban dando paso a dos extraños). Entramos, acomodamos nuestras cosas, nos pegamos un bañito y nos tiramos a dormir un rato. El rato duró unas cuántas horas y nos despertamos en medio de la madrugada australiana y tardecita argentina. ¡Qué despiole de horarios estaba padeciendo nuestro cuerpo!

Comimos algunos de los chocolates que nos regaló mamá, Ema se preparó unos mates, paveamos un rato en internet y en ese momento empezó uno de los días más largos desde nuestra llegada. Teníamos que aguantar hasta la noche para comenzar a acostumbrarnos al horario local.

Esa fue la primera de muchas otras cosas a las que tuvimos que acostumbrarnos y seguimos haciéndolo. Cada vez que lo pensamos, nos damos cuenta de lo lejos que estamos de nuestro hogar. Pero eso ya es parte de otro capítulo, porque hay mucho mucho mucho para contar…

Melbourne, VIC, Australia – 24.06.16

One thought on “Diario – ¡Llegamos!

  1. que apuro con esa valija !!! pero todo salió bien y ya es una anécdota mas del viaje. Se los extraña!!! pero saber que están bien, alegres, disfrutando, y cumpliendo sus sueños, hace que nos alegremos junto a ustedes. Un besote, desde mi corazón.

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