Diario – Volando

Mientras intentaba encontrar el cepillo de dientes dentro de una mochila donde literalmente no entraba ni mi mano, miré por la ventana y contemplé las estrellas que nos venían acompañando desde que salimos. Y pensé: “¡Qué raro que todavía no se vea el amanecer!”. Saqué el cepillo de dientes y metí nuevamente la mano para encontrar el desodorante. Sin exagerar, lo busqué durante media hora, cambiando de mano, sacando cosas para liberar espacio, desacomodando lo que tanto me había costado organizar. Y todo eso, limitada en el espacio, contorsionando el cuerpo para no despertar ni a mi compañero, ni a quienes se sentaban delante mío.

Encontrar el desodorante fue el logro más grande de la madrugada. ¡Ardua tarea la mía! Con las manos arañadas por todo lo rozado en el camino y con rayones de lapiceras que accidentalmente dejé destapadas y con las puntas apuntando hacia arriba (¡sólo a mi se me ocurre!), me pregunté qué hora sería. Me costó volver a abrir la mochila para buscar el celular, pero la duda fue más fuerte. Lo miré y prendí la pantalla del avión para buscar el mapa con la ruta de viaje y la zona horaria. Ahora que lo pienso, era más fácil ir directo ahí. El mapa me mostró justamente lo que esperaba ver. Viajando desde Buenos Aires con rumbo a Aukland, estábamos atravesando la noche, volando el océano. 13 horas de viaje sumergidos en la oscuridad, con la sola compañía de las estrellas. Muchos dormían; algunos no parecían darse cuenta de este detalle. Los relojes internos estaban totalmente desorientados.

Por momentos el vértigo de la lejanía me tomaba por los pies y me pegaba un buen sacudón. A cada minuto que pasaba, todo lo que consideramos lejos se acercaba más y viceversa. Estábamos llegando a lo desconocido, soltándole la mano a lo apreciado, a lo nuestro. A lo nuestro, no en el sentido de propiedad, sino de… mmm… si; en el buen sentido de lo propio. Nos vamos extrañando aún sin haber pisado destino, sintiendo por adelantado la ausencia. Pero nos vamos con la certeza de que volvemos. Porque hay cosas que no se reemplazan, aún teniendo la posibilidad de buscarlas donde sea. Y ahí quedaron nuestras madres, con sus brazos extendidos que todavía nos abrazan; quedaron nuestros hermanos alentándonos a partir intentando esconder el nudo en la garganta; quedaron sobrinas pidiendo acompañarnos; amigos esperándonos con un mate; montañas, nieve, mar…

Nos vamos esperando volver a encontrarlos tal cual los dejamos, con ganas de compartir esta aventura que acaba de comenzar. Cargados de historias, de fotos, de anécdotas graciosas, de aprendizaje. Pero también ansiosos por escucharlos nuevamente, tengan lo que tengan para decir. Sólo escucharlos. Y abrazarlos.

Nos llevamos en el corazón un pedacito de todo y de todos. Viajamos acompañados. Eso no tiene precio. Se humedecen los ojos de sólo pensarlo, pero ¡Cómo salta el corazón al darnos cuenta nuevamente de lo afortunados que somos de rodearnos de gente tan linda a quien extrañar!

¡Hasta que las rutas nos reencuentren! Y a preparar el mate, que nos espera mucho para compartir.

En algún lugar entre Argentina y Australia – 16.05.16

One thought on “Diario – Volando

  1. Las madres tenemos brazos muy largos, mas de lo que se puedan imaginar, y los abrazamos día y noche (aunque nos digan… QUE PESADAAAAA).
    Los hijos crecen, cuesta aceptarlo, pero crecen y deben volar, vivir sus propias vidas, y tener sus propias experiencias. Y nosotras, orgullosas de los logros de nuestros hijos, velamos y rezamos por que tengan el mejor vuelo, la mejor compañía, y una feliz vida.

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