Diario – El Mercado de Huaraz

Bueno, creo que es hora de asumir que estoy hecha una romántica empalagosa. Una romántica empalagosa, enamorada de todo lo que me rodea. Sólo veo belleza, aún en las cosas simples, aún en lo que puede no parecer tan bello. Por ejemplo… Hace cinco minutos me preparé el mate, el cuaderno y me fui a una plaza a escribir. Ni bien apoyé mis posaderas en un banco que dos segundos atrás alguien dejó libre, comenzó a llover. ¡Sabia esa persona por haberse retirado justo a tiempo! Lejos de amargarme y dispuesta a tomar ese mate, fuera cual fuera el costo, saqué de la mochila el termo, la yerba… y fue cuestión de una milésima de segundo para que la llovizna se convirtiera en lluvia y más adelante en chaparrón. Decidí entonces que mi orgullo no valía tanto y me volví al hostel, esperando que la terraza estuviera libre para sentarme a continuar lo que todavía no había empezado.

No sólo encontré la terraza libre; también encontré un lugarcito perfecto, acomodando la silla y la mesa justo debajo del centro del toldo que protegía del agua. De vez en cuando caían unas gotitas como para recordarme que la lluvia seguía ahí.

Ahora sí preparé el mate, excelente compañero de reflexiones; agregué a la yerba unas hojitas de coca (¡la pucha que se siente la altura!), serví el agua y después de tomar el primer sorbo, alcancé a ver de reojo un arcoiris gigante que enmarcaba ese paisaje tan bello que tenía delante mío. Paisaje bello, aún con esos edificios que tapaban parte de la vista. Y a ésto me refería cuando hablaba de romanticismo empalagoso…

Seguí admirando boquiabierta el arcoiris y cómo la luz del sol lo iluminaba y desaparecía, cuando de golpe recordé el motivo por el que comencé a escribir. Y me distraje nuevamente, pero ésta vez con los colores del atardecer que se reflejaban de una manera tan bonita en esas nubes que trajeron la lluvia que me corrió de la plaza y me llevó a ésta terraza para que admire esta belleza que desde abajo no hubiese podido ver. ¡Al mal tiempo, un arcoiris!

Me cebo otro mate para aclarar un poquito las ideas y comienzo a recordar lo vivido hoy en el Mercado de Yungay. No sé por dónde empezar, porque es tan pero tan rico observar por un instante lo que sucede en el mercado, que no alcanzan los sentidos para captar todo eso que te rodea.

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Éste no era un mercado como los demás, dentro de un edificio, organizado por rubros (luego descubrí que sí lo era, y que me estaba perdiendo la mitad de la experiencia). Ésta parte del mercado era al aire libre, con toldos amarrados con sogas que encajaban perfectamente con la altura de los vendedores, pero que a mí, lunga descomunal en estas tierras, me chocaban bien en el medio de la frente. Esos toldos evitaban las inclemencias del sol (y más tarde de la lluvia), pero con el viento que soplaba, parecían parapentes coloridos a punto de remontar vuelo.

Los puestos se ubicaban en el suelo, sobre lonas también coloridas, encima de las que se exponían una gran variedad de frutas, verduras y especias que las señoras ofrecían “a sol” o “a dos solcitos mami”. Esas señoras, a tono con el entorno, vestían ropas típicas brillantes casi de fiesta, y sus sombreros de copa alta que parecían adheridos con pegamento, porque estaban apenas apoyados pero como por arte de magia, ni se caían ni se volaban. Por un instante deseé ser transparente para poder retratar todo lo que veía sin interrumpir la escena.

Compré dos tomates a unas señoras que se rieron pensando que las estaba molestando. Los dos tomates costaron PEN 0,20. La compra casi no tenía sentido para ellas. Luego me tenté con un mango que más tarde disfruté sentada en el banco de una plaza, enchastrándome manos, pantalón, mochila y hasta el pelo con la fruta más rica que comí en toda mi vida.

A los tomates tenía planeado usarlos para acompañar unos fideos chinos que compré en Lima al comenzar el viaje y que había decidido que ya era hora de utilizar (¡cómo costó esa decisión! ¡fueron mis fieles compañeros de viaje!). También tenía una palta, queso fresco y hasta me había llevado aceite de oliva y sal para darle un poquito más de gustito a esa comida que de a poco, comenzó a perder el sabor. Imposible imaginarse comiendo esos fideos después de ver a las señoras devorar con tanto gusto esos platos abundantes de mote con cuy, pollo, papas sancochadas, arroz o esos porotos o alguna otra legumbre, con ese aroma tan fuerte a cebolla y cilantro, que sirven para comer con cuchara directo de una bolsa.

Pensé en ir a la Plaza de Armas o buscar un campito para preparar mi comida y llenar el estómago que ya se estaba quejando de vacío. Llegué a la plaza, me senté en un banco y dos minutos después me levanté sintiendo que no era el lugar y se me ocurrió volver al mercado. Me pareció una experiencia interesante sentarme al lado de las señoras a preparar mi comida empaquetada y compartir. Quería ver las reacciones y por un instante me sentí una idiota reportando para la National Geographic o para “La Aventura del Hombre”, con su fondo de Vangelis incluído.

Así y todo, fui. Pero cuando llegué y volví a sentir el olorcito a comida recién hecha, me dió un ataque de vergüenza y me limité a seguir observando. Cuando la panza no dió más, me levanté y decidí que, aún habiendo cargado todo ese peso en comida, iba a dejarla en la mochila e iba a disfrutar de un buen plato de lo que hubiera vegetariano, sentada cómodamente en una de las sillas de mimbre súper bajitas, en las que se sentaban las señoras. Pero me demoré demasiado y cuando empecé a preguntar en los puestitos por las opciones para almorzar, todos me respondieron que la comida ya se había acabado. Quedaba sólo carne, en sus múltiples formas y tipos de cocción, y los porotos encebollados e impregnados de cilantro. Los porotos comenzaron a verse apetitosos, pero el mango pudo más. Y así decidí dejar el mercado para ir a otra plaza y devorar esa fruta que pasó a ser mi preferida, superando en el ranking a la hasta ahora invicta, frutilla.

Comí, me enchastré, y fui al “paradero” a buscar una combi que me llevara de regreso a Huaraz. Con lo que viví en Yungay, me pareció suficiente. La combi arrancó y en movimiento subí de un salto mientras la chica que se encargaba de abrir la puerta y cobrar, gritaba “Huaraz, Huaraz, Huaraz”, “sube, sube, sube”, “baja, baja, baja”, acompañada por bocinazos ininterrumpidos, por si no prestaste atención. Me senté al lado de la ventana para observar el paisaje de regreso y nuevamente embobada, me dediqué a captar todo lo que veía.

¿Cómo no enamorarse de tanta belleza, de tanta vida? ¿Cómo no contagiarse de la felicidad de esa gente que vive con tan poco, pero a la que le sobran las sonrisas? ¿Cómo no perderse imaginando un día en la vida de esa señora de sombrero alto y vestido brillante? ¡Qué diferente a la mía! ¿Cuáles serán sus sueños? ¿Cómo comenzará la mañana? ¿Cómo terminará su día?

Y pensando en ésto, el atardecer se me hizo noche, los mates fueron reemplazados por completo por una lapicera que no quiere dejar pasar ni un sólo detalle, por miedo a no volver a vivir tan linda experiencia y con ansias de imprimir para siempre en la memoria, el placer por esas cosas que voy a dejar de definir como simples, porque verdaderamente no lo son.

Éstas experiencias llenan el alma y enriquecen el espíritu. Nuevamente me siento afortunada de ser testigo de tanta belleza. Puedo decir orgullosa y con la frente en alto, que sí soy una pavota romántica empalagosa. Y a mucha honra!

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Huaraz, Perú – 02.02.16

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