Reflexiones – Mamá… me acusaron de ladrón

Eran algo así como las 10:00 de la mañana. Acabábamos de desayunar nuestro tecito verde con tostadas de pan negro con mermelada de naranja y queso. Hacía frío en el comedor y Abi estaba preparando el desayuno para un matrimonio que se hospedaba en la casa, por lo que decidimos subir a la habitación para seguir con nuestra rutina mañanera, tranquilos y calentitos.

Manu salió primero y yo lo seguí. Subimos las escaleras, abrió la puerta de la habitación y al ratito llegué yo. Antes de entrar me crucé con una señora bajita, rubia, con cara de mala, a la que saludé pero no me devolvió el “buen día”. Pensé: “¿lo habré dicho en inglés? ¿me habrá entendido?” Nuestra pronunciación no es la más pulida, pero aún así me limité a entrar a la habitación y comentarle a Manu muy prejuiciosamente: “saludé a una vieja que se está quedando en la habitación de enfrente, y no me contestó nada.” Si, no es de buenos modales no responder a un “buen día”, pero hasta ese momento no sabía a qué se debía y mi comentario de “vieja” fue despectivo y no me enorgullece. Y no es porque tenga algo en contra de las viejas. A mi ya me están saliendo canas.

No pasaron ni dos minutos, ya estaba apuntando mi trasero para acomodarme en la silla para comenzar con las actividades tecnológicas del día, cuando de repente, alguien llamó ruidosamente a la puerta. “¡¿pero qué pasa?!” pensamos al unísono. Esos golpes denotaban urgencia, por lo que fui rápido a abrir la puerta.

Para mi sorpresa, del otro lado se encontraba la señora bajita que no me había saludado, abriendo los ojos cual huevo frito de avestruz, con una cara de asesina que daba miedo y sin esperar a que le preguntara amablemente qué necesitaba, se asomó por la puerta y al ver a Manu lo señaló y comenzó a gritarle: “You stole my money!” o como diríamos en el barrio: “¡Vos me robaste la guita!”

“¡¿Lo qué?!” pensamos nuevamente al unísono (y es que, año y medio viajando juntos sin separarnos prácticamente ni dos minutos continuos, nos llevan a no saber dónde empieza lo que piensa uno y dónde empieza lo que piensa el otro). Sin darnos tiempo a procesar semejante acusación, la daga dió otro puntazo al corazón: “Yes! You stole my money!”, repitió la señora, con los ojos cada vez más desorbitados. Y siguió, gritando en inglés: “¡Te vi! Salí de mi habitación para ir al baño, cerré la puerta y cuando volví vos estabas entrando en la tuya, la puerta de la mía (que está justo enfrente) estaba abierta y mi dinero ahora no está! ¡Tenía 90 euros y ahora no están! ¡Vos robaste mi dinero!”

Manu no es de enojarse. Y no lo digo por miedo a que se enoje. Es muy paciente, muy tranquilo. Pero en este caso, la acusación fue más allá de todo límite y comenzó a salir humo por sus orejas. Jamás, en toda su vida ni en toda la mía, nos habían llamado a ninguno de los dos, “ladrones”. Y esta señora, que hacía dos minutos atrás habíamos tenido el placer de conocer, nos estaba señalando y acusando con todas las letras del abecedario.

Bajé a llamarla a Abi para que intercediera porque la señora no daba señales de comenzar a calmarse ni daba lugar a ningún tipo de explicación que pudiéramos ofrecer acerca de los motivos por los cuáles ella podría estar equivocada. Tal es así, que entró a nuestra habitación para buscar el dinero y al no encontrarlo, se retiró diciendo: “¡muy conveniente!”. Y mientras discutíamos que ni siquiera existía la posibilidad de que fuéramos nosotros, vio de reojo un guante que uso como exfoliante para la ducha y nos acusó de haberlo usado para que no quedaran huellas dactilares. A Manu se le escapó con una media sonrisa de esas de “me río para no llorar”, un “¡¿qué hacés Criminal Mind?!”

Abi subió, intentó calmarla y le confirmó que nosotros estábamos abajo, en el comedor, y que habíamos subido hacía dos minutos, pero la señora no dejaba de señalarnos y repetir que había llamado a la policía, que estaban en camino y que ellos se iban a encargar de todo. Como buenos cocoritos que somos, le respondimos que no nos importaba; ¡que vinieran! No éramos culpables de absolutamente nada. Pero también le advertimos que era muy probable que encontraran dinero entre nuestras pertenencias porque nosotros también llevábamos algo con nosotros y no había manera de comprobar que ese dinero no era nuestro. A lo que respondió nuevamente un “muy conveniente”.

Volvimos a la habitación y cerramos la puerta para calmarnos. En el fondo se nos empezaba a hacer un nudo en el estómago porque aunque sabíamos que no éramos culpables, el hecho de que viniera la policía a interrogarnos y revolver nuestras cosas, no nos hacía ninguna gracia. Y si a eso le sumamos que estamos de paso, que somos extranjeros, que ni siquiera tenemos como lengua madre el inglés y el acento irlandés es muy difícil de entender… Que aunque tengamos años encima aprendiendo el idioma, a veces nos quedamos cortos y esto se complica gravemente en una situación estresante.

No pudimos concentrarnos en nada más y volvimos a reformular la escena una y otra vez. Hasta que golpearon nuevamente la puerta de la habitación, ésta vez con una fuerza mucho más suave, y al abrirla allí estaba la señora disculpándose por el error y la acusación. Su marido acababa de llegar de afuera, se encontró con la situación y al enterarse del motivo del alboroto, le confesó que él había dejado el dinero en el auto la noche anterior.

La señora se sentía tan avergonzada que no sólo nos pidió disculpas, sino también nos invitó el desayuno para la mañana siguiente. Desayuno que, nota aparte, disfrutamos como cerdos cochinos muertos de hambre. ¡Estaba delicioso!

Desayuno de disculpa

Pero ¡cuánta amargura nos y les hubiese evitado el haber consultado como primer medida si aquel hombre había tomado por casualidad el dinero!

Y sin embargo fue más fácil desconfiar. O no. Quizás la señora estaba pasando por un momento complicado y se le nubló la razón. O quizás la señora ya venía con una mentalidad y como consecuencia cierta predisposición al prejuicio hacia los extranjeros. Quizás antes de conocernos ya nos había tildado de ladrones.

¿Habrán sido prejuicios suyos? ¿Serán sólo prejuicios nuestros? ¿Cómo saberlo?

Habitamos un mundo en el que el prejuicio es moneda corriente y nadie se escapa. Vivimos odiando, discriminando, abriendo grietas, construyendo muros. En un mundo globalizado, nos hacemos cada vez más individualistas. Leo las noticias, “chusmeo” el facebook, twitter, instagram… No hay un día en el que no encuentre noticias horrendas sobre femicidios, racismo, xenofobia, guerras por ideologías religiosas (o usando el lema como caballito de batalla), comentarios sumamente ofensivos en contra de partidos políticos. Lo triste es que nuestros propios dirigentes aprueban y promueven toda esa violencia y los medios nos lavan constantemente el cerebro.

En vez de celebrar las diferencias, no las toleramos en lo absoluto. Pero por si alguno no se dió cuenta… no somos iguales. No somos clones. Somos diferentes y ahí está la riqueza de la humanidad.

Por si te interesa, como nota aparte pero también relacionado, te recomendamos que te pases por el post Reflexiones – ¿Qué es la patria?

Viajar te abre a muchas situaciones diferentes, te hace conocerlas en “carne propia”, te hace confiar, creer, querer y respetar un poquito más al otro. Pero no es la única manera de darle un giro al sentido que le estamos dando al mundo. Tenemos que parar un poquito, empezar a pensar en las consecuencias de todo lo que estamos haciendo hoy. Si hoy yo despotrico hacia los “choripaneros” (por poner un ejemplo actual de ofensa en Argentina) por el sólo hecho de pertenecer a una clase social diferente a la mía, no puedo esperar que mis hijos no hereden ese odio. Y mis nietos. Y quién sabe dónde termine la línea. La tan trillada frase “el odio genera más odio”, no es nada más que eso. Multiplicar sentimientos horrendos.

Empecemos a tolerar un poquito más. A mirar un poquito más allá del prejuicio. A no centrarnos en lo que nos parece. No veamos una sola cara de la moneda. Y me lo digo a diario a mi misma también, porque no soy ninguna Madre Teresa de Calcuta. Todos cometemos errores, pero también tenemos las herramientas a nuestro alcance para comenzar a subsanarlos y dejar de repetirlos.

Gracias por leernos, si es que llegaron al final.

Este no es sólo un aburrido blog de viajes. Ojalá podamos transmitir también un poquito de conciencia y podamos crecer juntos en corazón.

¡Hasta que las rutas nos reencuentren!

Con nuestra nueva familia en Irlanda. Abi de Nigeria, David de Escocia y Paulo de Brasil

Kingscourt, Irlanda – 11.04.17

4 thoughts on “Reflexiones – Mamá… me acusaron de ladrón

  1. Nenes que hicieron? Jaja me imagino la situación. Es lamentable, pero es asi. Hasta en las viejas películas de misterio siempre el prejuicio es contra el mayordomo, nunca el patrón. Asi crecemos, temiendo al tatuado y con muchos aros, y no al de saco y corbata, al morocho de pelo largo pero nunca a gringo. Porque? Vaya a saber porque tanto prejuicio. Lo importante es el cambio desde cada uno. Saber que mis hijos son decentes y no son prejuiciosos, es una de las razones de mi orgullo de ser madre. Y lo mejor de todo es que ustedes me hayan enseñado a no ser prejuiciosa

    1. Si, esa es la cuestión… cortar con esa herencia y comenzar a formar una nueva, con el propio ejemplo. Nadie es un santo. Somos todos seres humanos y tenemos nuestros errores. Pero cuando nos damos cuenta que hay algo que estamos haciendo mal, hace falta sólo voluntad para cambiarlo. ¡Gracias por seguirnos siempre Loló!

  2. Vieja loca. Que se habrá pensado. La verdad que a veces cuesta : ” amar a tu prójimo como así mismo”.Pobres mis nene/a; cuidense y Dios me los cuide. Y con un desayuno los convido. Un kilo de bombones y fresas, le tendría que haber dado. Porque no sabe la señora que tienen una tía, que pone una cara de loca.Ja, Ja. Salgan rajando de ahí. ..Continuará.

    1. ¡Te tomamos la palabra con lo de los bombones y las fresas! Jeje.
      Si. Al margen de la anécdota y del enojo de momento, como bien cuenta Verito, la situación nos hizo re-plantearnos nuestros prejuicios y sobre la facilidad que a veces tenemos para desconfiar del otro… y hablamos en plural porque a veces nosotros también caemos en la tentación.
      Pero no todo está perdido!!! Del mismo modo que hubo alguien que levantó su dedo acusador (y que después se disculpó), también hubieron un montonazo que confiaron en nosotros sin conocernos. Asique como dijo mi compañera, ¡vamos a seguir “confiando, creyendo, queriendo y respetando al otro”!

Deja un comentario