Reflexiones – Viajar lento… Vivir lento

Un paseo por ahí

Salimos ambos dos en las bicis que nos prestaron los dueños de la casa que alquilamos. Nos dirigimos a una Iglesia del siglo XII o XIII que se encontraba a una distancia accesible para dos treintañeros fuera de estado. Estamos en el sur de Italia. El paisaje es llano, con alguna que otra loma que complica la bicicleteada pero que embellece la vista. Alrededor, olivos y parras. Terrenos chicos de bisabuelos que dijeron: “esta tierra es mía” y clavaron un par de palos para delimitarla. De abuelos que la araron y sembraron. De padres que vieron crecer y cosecharon y de nietos que hoy venden para vivir en el norte. También hay hectáreas de grandes plantaciones, con más inversión, mejor tecnología y más interés en el vil metal que en la tierra.

Los vehículos pasan a dos centímetros de nuestras bicicletas. Van muy rápido. Algunos se percatan y amablemente bajan la velocidad o se abren un poco para evitar cualquier accidente. Otros también se abren, pero primero nos bocinean un poco, como para que nos percatemos, si todavía no lo hicimos, de que estamos en la ruta. Los peores, nos pasan finito y nos tocan bocina. A esos les agradecemos gentilmente el detalle de no habernos pasado por arriba, porque ganas parece no faltarles.

De vez en cuando vemos o escuchamos a alguna lagartija que se da cuenta que vienen dos locos por el bordecito de la ruta y se dan rápido a la fuga. Manu les toca el timbre con la bicicleta. Son los vehículos y nosotros; nosotros y las lagartijas… Es impresionante la velocidad que tienen esos bichos y lo alertas que están todo el tiempo. Las lagartijas de acá son particularmente llamativas: chiquitas y teñidas de un verde pasto que las camufla perfectamente entre los yuyos.

Manu viene adelante. Va pedaleando despacio. Tan despacio que de a ratos tengo que frenar para no llevarlo puesto. Viene ensimismado. A veces estira la mano y toca las espigas que sobresalen en el borde de la ruta. Parece escena de película. El sol, las sierras, los olivos, la bicicleta. Los autos nos tocan bocina, pero ya no los sentimos.

Los instantes de felicidad surgen de las situaciones más simples.

Subimos una loma complicada con las bicis que dicho sea de paso, no tienen cambios. Nos quedamos sin piernas a medida que avanzamos. Venimos zigzagueando pero por suerte no pasa ningún auto a nuestro lado. Llegamos a la cima, Manu mira el mapa y retrocedemos porque nos pasamos la entrada al camino que lleva a la Iglesia.

Llegamos, leemos los carteles y sacamos fotos. Permanecemos cerca de cinco minutos. No podemos entrar porque está cerrada al público. Al lado instalaron un hotel y restaurant muy paquetes que en ese preciso momento está siendo utilizado para un casamiento. Están todos vestidos de gala y nosotros transpirados, con tierra y la ropa roñosa “de andar en bici” (que es la misma de “ir a caminar al pueblo” y la misma de “juntarse a cenar con amigos” y la misma de “tomar el avión, bus o tren”).

Decidimos pegar la vuelta riéndonos de lo absurdo de la situación. Pedaleamos un buen rato para llegar a una Iglesia antiquísima de la que sólo nos quedan un par de fotos del exterior. Ya nos había pasado antes, que por armar nuestros propios recorridos turísticos terminamos en lugares insólitos. Siempre valieron la pena.

Desencadenamos las bicis y emprendimos el regreso, pero antes de llegar a la ruta, nos dieron ganas de frenar y de quedarnos un rato abrazados a un costado, conversando sobre lo que sentíamos en ese preciso momento. Sobre lo que vivimos, sobre lo que estamos viviendo y sobre lo que nos toca vivir de acá en más.

Y concluimos que nuestro horizonte se ve hermoso. Que nos da miedo, inseguridad, que no tenemos la bola de cristal para saber qué es lo que realmente nos depara; pero que seguimos soñando y lo hacemos tan fuerte que sentimos con el corazón que lo podemos lograr.

Volvimos el resto del camino en silencio, cada uno absorto en sus pensamientos. Pedaleamos despacio, como cuando salimos, tocando las espigas con la mano, absorbiendo el sol que atardecía a nuestro costado, escuchando a las lagartijas sacudirse entre los yuyos, casi sin sentir el paso de los autos a dos centímetros nuestro, a toda velocidad.

Hoy elegimos Viajar lento

Venimos viajando desde hace ya un año y medio y la forma de hacerlo se fue modificando con el tiempo, conforme nosotros también fuimos cambiando. Hoy elegimos viajar lento para poder disfrutar de situaciones que de otra manera se pasan de largo. Situaciones como ésta. Como salir a andar en bicicleta sin un rumbo demasiado claro, sin saber si lo que nos espera al final del recorrido vale realmente el esfuerzo; pero absorbiendo todo a nuestro alrededor tomándonos el tiempo para asimilarlo, quedándonos con un poco más que fotografías. Porque en este momento valoramos más el recorrido que la meta final.

Al viajar lento, el abanico de posibilidades que se abre delante nuestro es inmenso. Al viajar lento tenemos la posibilidad de tomarnos el tiempo para disfrutar de todos los instantes, de pensar, de sentir todo de otra manera. No estamos corriendo contra el reloj, buscando la forma de aprovechar cada segundo para hacer una actividad diferente. Hacemos poco pero disfrutamos mucho.

Viajar lento nos permite aprender de las costumbres del lugar, de las virtudes y defectos de la sociedad. Nos da la posibilidad de hacer amigos, de compartir, de intercambiar. Nos da tiempo para comprar en el mercado del pueblo, para cocinar nosotros mismos o participar de una comilona con familia prestada. Nos da tiempo para protestar al lado de la señora que espera en la parada de colectivo por la demora o cómo subió el precio del transporte público; nos permite participar de charlas, asistir a talleres o actividades deportivas y de esa manera también se está generando un vínculo valioso.

Porque también elegimos Vivir lento

Pero elegimos viajar lento, porque también elegimos vivir lento. Disfrutar y respetar; aprender y enseñar; compartir e intercambiar… En este tiempo que llevamos viajando aprendimos mucho sobre el mundo que nos rodea, sobre la pareja en sí y mucho más aún sobre nosotros mismos. Tener tiempo nos permitió también conocernos más en profundidad. Nos dio tiempo para pensar, para descubrir qué nos gusta y qué no; explotar nuestras fortalezas e intentar trabajar en nuestras debilidades y nos llevó a descubrir qué queremos y qué no a partir de ahora en nuestras vidas. Nos hizo más creativos porque nos enfrentamos a situaciones que nos llevaron a tomar alternativas diferentes. Y nos hizo más tolerantes también con las diferencias, menos prejuiciosos, más abiertos a aceptar lo que nos toca vivir pero sin dejar de participar en la elección de cómo queremos hacerlo.

Tenemos muchos proyectos por delante que nos entusiasman y que hacen que el final de esta primer etapa del viaje, sea sólo eso: el final de la primer etapa. Si, ya tenemos pasaje de regreso a Argentina. Decidimos volver para reencontrarnos con nuestra familia y amigos, a los que extrañamos enormemente, y también necesitamos volver a recargar pilas y billetera para comenzar con otra nueva etapa de viaje. Porque el viaje no se termina volviendo a casa… El viaje es la vida misma.

Como siempre, los alentamos a que salgan, si es que a ustedes también los persigue el “bichito viajero”, y que prueben al menos una vez el comenzar un viaje lento. Viajar no conlleva indefectiblemente a ser feliz. Pero intentarlo y poner el corazón en cualquiera sea el proyecto, puede llegar a ser mágico. Si el deseo está ahí y las intenciones son buenas, no hay motivos para que no se concrete.

Nos esperan a todos muchas más aventuras; otras etapas se aproximan. Muchas gracias por acompañarnos. Lo valoramos mucho =) Ahora nos quedamos nosotros con el mate, porque es su turno de contarnos sus experiencias. ¿Qué historias tienen para compartir con nosotros?

Torre Santa Susanna, Italia – 12.05.17

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